Está ubicado en la antesala y sala capitular, que se sitúa en la esquina noroeste del claustro. El acceso se realiza mediante una portada tardogótica compuesta por un arco trilobulado rematado por otro conopial, en la que campean los escudos del obispo Juan Rodríguez de Fonseca (1504-1514).

El pequeño número de piezas existentes se compensa con la calidad artística de las mimas, siendo algunas de ellas verdaderas joyas. En la antesala podemos deleitarnos con el lienzo de San Sebastián de El Greco, obra de la primera época del pintor cretense en España que rezuma un italianismo claro, entre lo veneciano y romano. También digno de destacar por su calidad artística es el díptico de la Pasión (hacia 1490) debido a Pedro Berruguete, representando el Calvario y el Llanto sobre Cristo Muerto, y en el reverso a la Virgen con el Niño. Obra de cuidada calidad, realizada para la devoción particular de algún personaje de importancia, es un fiel testimonio del estilo de este maestro paredeño, en el que aúna el estilo hispanoflamenco castellano (colorido, detallismo…) con el Renacimiento italiano (Serenidad, naturalismo y escorzos). Este espacio se completa con un maravilloso relieve del escultor borgoñón Felipe Bigarny (hacia 1508), que estuvo destinado para el retablo mayor, de clara raíz nórdica, y una escultura de Santa Ana Triple (hacia 1500) del escultor renano establecido en Becerril de Capos, Alejo de Vahía.

La sala capitular propiamente dicha, consta de dos tramos abovedados con crucería estrellada. Lo más llamativo son los cuatro tapices flamencos, de principios del siglo XVI, que el obispo Fonseca compró en Flandes y regaló a la catedral, estampando sus escudos en las esquinas superiores y en el centro de los mismos. Están dedicados a temas del Antiguo y Nuevo Testamento, con vicios y virtudes. Otras obras de interés son el retrato anamórfico de Carlos V (siglo XVI), efecto óptico por el cual uno lo ve de frente deformado y desde un lateral con la efigie del emperador; las andas de plata de San Antolín, realizadas en 1761 por el platero salamantino Luis García Crespo de Coca; los desposorios místicos de Santa Catalina de Alejandría con Cristo (1661), del burgalés Mateo Cerezo, pintor barroco discípulo de Juan Carreño de Miranda,  y el San Antolín martirizado, obra romanista de finales del siglo XVI, retocada en 1904 por el pintor Mariano Lantada.

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